UNA MAS DE BORBOLANDIA. Y VAN...
Juan Carlos y la extraña familia: hijo putativo de Franco, hermano del sah y primo de Hasán
Pongamos los antecedentes y conozcamos a los personajes protagonistas y sus destinos.
El primero de febrero de 1979 el elegido de Alá, Ruhollah Jomeini, aterrizaba en el aeropuerto de Teherán, en Irán, en medio del jolgorio popular de ellos (ellas aún no sabían lo que les esperaba) para fundar la primera república islámica del mundo. Reza Pahlaví había salido por pies del país seis días antes, con toda su familia, sus millones y su séquito. Se fue un tirano y llegó un fanático.
La familia imperial persa era muy conocida en España gracias a que estaba empadronada en las páginas del ¡Hola! y el Lecturas para que las españolas no perdieran ripio bajo el secador de su peluquería de barrio de lo mucho que disfrutaban de la vida toda aquella fauna de los Pahlaví. Mientras la sanguinaria policía secreta persa reprimía a los disidentes sin piedad, el sah privatizó los servicios públicos, dejó que las empresas extranjeras manejaran la industria petrolífera, permitió que los sueldos se desplomaran e hizo una reforma agraria desastrosa. Irán era un país muy próspero en el que solo prosperaban los ricos.
El despilfarro acabó teniendo consecuencias: en 1971, el sah y su señora esposa, la recauchutada y enjoyada Farah Diba, organizaron la megafiesta más extravagante y cara de la historia mundial. Un jolgorio que acabó costando un imperio además de 300 millones de dólares. Reza Pahlaví quiso celebrar los 2.500 años del imperio persa con la presencia de las primeras figuras mundiales. Un despiporre del que disfrutaron Grace Kelly y Rainiero de Mónaco, los príncipes Juan Carlos y Sofía, el emperador de Etiopía Haile Selassie, dictadores como Ceaucescu, Suharto, Imelda Marcos… La reina de Inglaterra envió al fiestero de su marido, Felipe de Edimburgo, porque ella, más lista, prefirió quedarse para sacar a los perros.
La fiesta se organizó en las ruinas arqueológicas de Persépolis, la antigua capital de Persia. Se construyó una ciudadela, que se alfombró y se cubrió con 37 kilómetros de seda, para hospedar a 60 reyes, reinas, presidentes, jefes de Estado y líderes internacionales, cada uno instalado en su carpa de varias habitaciones porque viajaban con sus séquitos. Los baños, por supuesto, de mármol. Hubo que construir un aeropuerto para que llegaran hasta allí mismo los jets privados, y una autopista que uniera Persépolis y Teherán para que el traslado fuera cómodo. Las carpas para los alojamientos se diseñaron e importaron de Francia, los árboles llegaron desde Versalles, se importaron aves cantoras que amenizaran a los invitados y que duraron vivas menos que nada porque no soportaron los 40 grados diurnos del desierto, y los cero grados nocturnos… el menú lo elaboró Maxim’s, el champán era de 1911, los vinos eran Borgoñas y Burdeos… En total cinco días de banquetes y bailes, de desfiles de alta costura, de joyas relumbronas en aquel “camping multimillonario” como lo definió algún periódico.
En esto se entretuvo el sah de Persia mientras más de la mitad de la ciudadanía sufría represión, ejecuciones, torturas y pobreza. Fue tras este botellón cuando la oposición islamista tomó impulso.
En aquel “festival del diablo”, como lo calificó Jomeini, los príncipes Juan Carlos y Sofía eran realeza de segunda fila, pero quizás allí el exrey creyó haber “campechaneado” lo suficiente con el sah (venía haciéndolo desde el 69) como para tomar confianza y empezar a llamarle “hermano” (no puedo evitar acordarme del mastuerzo Fernando VII, cuando escribía cartas peloteando a Napoleón encabezándolas con un “Mi muy querido primo”. “¡Que no me llame primo!”, vociferaba el emperador a sus asistentes para que se lo transmitieran.)
La prudencia dice que a un sátrapa, a un déspota, al jefe de Estado de aquel Irán con una de las políticas más represoras y sanguinarias, no se le debería llamar “querido hermano”, como hacía Juan Carlos… pero esperar esto del hijo putativo de Franco sería pedirle peras al olmo.
Al turrón: a finales de junio de 1977 acababan de celebrarse en España las primeras elecciones generales libres tras 41 años de dictadura, pero los resultados no le agradaron al ya rey Juan Carlos (167 escaños para la UCD del falangista Suárez, 118 para el PSOE del fullero González, 20 para el PCE…). Juan Carlos esperaba una mayoría aplastante de su amigo de derechas, y le acojonó el alto número de votos progresistas. Qué desagradecidos los españoles con la dictadura, debieron elucubrar sus escasas luces… y no se le ocurrió otra que echar un cable a su colega Adolfo escribiendo una carta a su “querido hermano” el sah de Persia pidiéndole diez millones de dólares.
Esta carta, que pretendía ser muy confidencial, pero que al propio sah le pareció muy imprudente y chusca (propia del chusco e imprudente Juan Carlos) la conservó el exprimer ministro iraní y exministro del Interior Asadollah Alam.
Este primer espada del gobierno de Reza Pahlaví dejó escritos varios diarios que, en 1991, otro exministro iraní, Alinaghi Alikhani, tradujo al inglés y los publicó en Londres en un libro titulado The Shah and I: The Confidential Diary of Iran's Royal Court, 1969-1977 (El sah y yo: el diario confidencial de la real corte de Irán 1969-1977). En ese libro está la carta de Juan Carlos, reproducida luego por otros autores (Charles T. Powell, Jesús Cacho…), en varios medios, salvo en los cortesanos, y recogida igualmente en el trabajo doctoral del profesor de Deontología y Derecho de la Información Luis Fernando Ramos Fernández.
Decía que la apuesta del defraudador Juan Carlos en aquellas primeras elecciones democráticas de junio del 77 era su amigo Adolfo Suárez, pero… ¡Upsss!... hubo sorpresa. Juan Carlos se creía que Felipe González era poco menos que Lenin y el PSOE un partido peligroso. La ignorancia se demuestra otra vez como la madre del atrevimiento. No tardaría mucho en descubrir la lumbrera de Juan Carlos que el emboscado González iba a ser un excelente aliado y el PSOE un partido que tiene sus planes republicanos al fondo del cajón del último de los cajones.
La carta está escrita y mecanografiada, pero el encabezamiento y la despedida, donde Juan Carlos le dice al sanguinario sah de Persia “mi hermano” y “mi querido hermano”… están manuscritos. Dice en un párrafo: “Me gustaría a continuación informarte de la situación política en España… Cuarenta años de un régimen totalmente personal [que bonito eufemismo para no decir dictadura] han hecho muchas cosas que son buenas para el país, pero al mismo tiempo dejaron a España con muy deficientes estructuras políticas, tanto como para suponer un enorme riesgo para el fortalecimiento de la monarquía”. Aquí nos deja una pista fundamental: España le importaba un pito; solo buscaba fortalecer su poltrona.
Sigue el suplicante borbón: “La legalización de diversos partidos políticos les permitió participar libremente en la campaña electoral, elaborar su estrategia y emplear todos los medios de comunicación para su propaganda y la presentación de la imagen de sus líderes, al tiempo que se aseguraron un sólido soporte financiero. La derecha, asistida por la banca de España; el socialismo, por Willy Brandt, Venezuela y otros países socialistas europeos; los comunistas, por sus medios habituales [¿Cuáles creía que eran los medios habituales de Santiago Carrillo? ¿Ir robando carteras?] Entretanto, el presidente Suárez, a quien yo confié firmemente la responsabilidad del gobierno, pudo participar en la campaña electoral sólo en los últimos ocho días, privado de las ventajas y oportunidades que expliqué ya anteriormente y de las que se pudieron beneficiar los otros partidos políticos”.
“Sin embargo, el partido socialista obtuvo un porcentaje de votos más alto de lo esperado, lo que supone una seria amenaza para la seguridad del país y para la estabilidad de la monarquía, ya que fuentes fidedignas me han informado [de] que su partido es marxista [¡Ualaa!]. Cierta parte del electorado no es consciente de ello y los votan en la creencia de que con el socialismo España recibirá ayuda de algunos grandes países europeos, como Alemania, o en su defecto de países como Venezuela, para la reactivación de la economía española. Por esa razón es imperativo que Adolfo Suárez reestructure y consolide la coalición política centrista, creando un partido político que sirva de soporte a la monarquía y a la estabilidad de España”.
Y ahora es cuando viene la mentira y la morrocotuda petición: “Por esta razón, mi querido hermano, me tomo la libertad de pedir tu apoyo en nombre del partido político del presidente Suárez (…) Las elecciones municipales se celebrarán dentro de seis meses (…) por eso me tomo la libertad, con todos mis respetos, de someter a tu generosa consideración la posibilidad de conceder diez millones de dólares como tu contribución personal al fortalecimiento de la monarquía española”.
Y dale con el fortalecimiento de la monarquía. Era lo único que le importaba. La democracia era lo de menos.
La mentira de Juan Carlos, otra más, es que las municipales no se iban a celebrar dentro de seis meses. Faltaban dos años, porque fueron en el 79. Y ese dinero que pedía era dinero negro. Para recogerlo, si el sah aceptaba entregarlo, enviaría a Teherán, tal y como decía más adelante en la carta… “a mi amigo personal Alexis Mardas. Con todo mi respeto y amistad. Tu hermano, Juan Carlos”. Así acaba. Si alguien tiene curiosidad, que busque quien era esta prenda, Alexis Mardas, tan amigo del defraudador. Su dios los cría y ellos se juntan.
El sah contestó a esa carta el 4 de julio de 1977 en términos más prudentes que la de su “hermano”, pero le entregó presuntamente, según quienes han investigado este asunto tan turbio, hasta cien millones de dólares, aunque se carecen de datos sobre si esa contribución llegó a destino o acabó en alguna cuenta del bribón.
Qué bien se entiende ahora, casi 50 años después, el conchabeo del falangista Suárez con el jefe de Estado que solo ha avergonzado a esta nación. Y mucho más indignante es saber cómo se nos hurtó a los demócratas el derecho al referéndum para decidir si queríamos o no una monarquía. Duele escuchar el famoso vídeo de la entrevista que concedió a Victoria Prego en 1995 y en la que Suárez, fuera de grabación y tapándose el micrófono de corbata con una mano, confiesa a la entrevistadora creyendo que no se oye, que no se hizo la consulta porque los sondeos decían claramente que NO.
“Entonces –se pavonea Suárez ante Prego– yo metí la palabra rey y la palabra monarquía” en el proyecto de Ley para la Reforma Política que se sometió a consulta “y así dije que había sido sometido a referéndum”.
Tramposos, fulleros, indignos… eso era el dúo Suárez-Borbón, los adalides de la democracia. Entre pillos andaba el juego.

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