domingo, 26 de octubre de 2025

PAREJA DE MEMOS, ALMEIDA Y FLORENTINO


 

La Operación Bernabéu se estrella en las entrañas del Bernabéu

La justicia y la presión vecinal malogran el gran proyecto subterráneo que habían pactado el faraón Florentino Pérez y el colchonero José Luis Martínez-Almeida desde la omnipotencia madridista


El Ayuntamiento y el Real Madrid se habían conjurado para redibujar el mapa subterráneo de Chamartín. Florentino, que ya había convertido el estadio en una nave intergaláctica, quería ahora colonizar el subsuelo. Y Almeida, tan devoto de los grandes proyectos como de los photocalls con bandera, se ofreció como escudero administrativo. Se trataba de excavar el Edén: dos aparcamientos subterráneos, un túnel de 650 metros y una concesión a 40 años. El negocio perfecto, el sueño húmedo de la ingeniería y del marketing institucional.

 

El problema —siempre hay uno— es que el paraíso estaba edificado sobre suelo público. Y sobre la paciencia de los vecinos, que ya habían aprendido a convivir con los martillazos, las grúas y el espectáculo de los camiones desfilando a medianoche. Lo que no sospechaban es que, además, el Ayuntamiento pretendía regalar a Florentino el monopolio del aparcamiento y de los accesos, como si Madrid fuese una sucursal del club. 

El mérito del plan no era su ambición, sino su candor: parecía escrito para que únicamente una entidad estuviera en condiciones de competir por el negocio. La competición, en el barrio de Chamartín, se reducía a una. Hubo concurso, sí, pero del tipo que se resuelve con monólogo. El muro judicial desbarató la coreografía. Cayó el concurso, cayeron los argumentos que lo sostenían, el "interés público" perdió brillo, la obra maestra se reveló como una ocurrencia con PowerPoint. De pronto, los planos quedaron en suspenso, el túnel dejó de conducir a ninguna parte y el subsuelo volvió a ser lo que era: tierra municipal sin peaje privado.

 

Lo más divertido es el papel de Almeida. Porque el alcalde es del Atlético, del club que se crio a la sombra de la cornisa merengue y elevó la ironía a razón social. Y ahí lo tenían: a un colchonero brindando la asistencia del siglo a Florentino en el área chica urbanística. Un pase de la muerte, nunca mejor dicho, para que el Madrid rematara a placer el monopolio de los aparcamientos y los accesos. Hubo incluso carrera hacia el banderín de córner: fotos, promesas, discursos. Pero intervino el VAR de la jurisprudencia y anuló el gol por fuera de juego posicional. El hincha rojiblanco que soñó con ser alcalde-delantero acabó señalado por el linier togado. 

La llamada Operación Bernabéu aspiraba a convertirse en un hito urbanístico y ha terminado en sainete administrativo. Almeida soñaba con el aplauso de la grada; Florentino, con un nuevo pelotazo de cemento y mármol. Y ambos han descubierto que no hay render que resista un juez con insomnio.

La justicia, que a veces despierta de la siesta, ha puesto fin al idilio. El tribunal ha anulado el concurso, ha desmontado los argumentos urbanísticos y ha dejado a Almeida con los planos en la mano y la sonrisa congelada. Florentino tendrá que aparcar sus ambiciones bajo tierra, pero sin túnel que las conecte con la realidad.

  

El mérito del plan no era su ambición, sino su candor: parecía escrito para que únicamente una entidad estuviera en condiciones de competir por el negocio. La competición, en el barrio de Chamartín, se reducía a una. Hubo concurso, sí, pero del tipo que se resuelve con monólogo. El muro judicial desbarató la coreografía. Cayó el concurso, cayeron los argumentos que lo sostenían, el "interés público" perdió brillo, la obra maestra se reveló como una ocurrencia con PowerPoint. De pronto, los planos quedaron en suspenso, el túnel dejó de conducir a ninguna parte y el subsuelo volvió a ser lo que era: tierra municipal sin peaje privado.

 

Lo más divertido es el papel de Almeida. Porque el alcalde es del Atlético, del club que se crio a la sombra de la cornisa merengue y elevó la ironía a razón social. Y ahí lo tenían: a un colchonero brindando la asistencia del siglo a Florentino en el área chica urbanística. Un pase de la muerte, nunca mejor dicho, para que el Madrid rematara a placer el monopolio de los aparcamientos y los accesos. Hubo incluso carrera hacia el banderín de córner: fotos, promesas, discursos. Pero intervino el VAR de la jurisprudencia y anuló el gol por fuera de juego posicional. El hincha rojiblanco que soñó con ser alcalde-delantero acabó señalado por el linier togado.

La crónica adquiere su moraleja cívica. No hay proyecto que tape una irregularidad, ni túnel que evite la plaza pública. La ciudad, cuando quiere, recuerda que es de los peatones, de los vecinos, de los que no viajan en furgón con lunas tintadas. Y la política, cuando olvida su función, se convierte en una agencia de eventos con bastón de mando. El delirio subterráneo prometía "ordenar la movilidad" y acaso ordenaba otra cosa: la prioridad de un actor sobre el resto. Convertir Madrid en antesala de un palco.

 

Florentino, que nunca pierde la compostura ni el cálculo, aparcará la ambición donde aparca los asuntos pendientes: en un cajón que siempre se vuelve a abrir. Almeida, que quiso vestir de modernidad una cesión con moqueta, tendrá que explicar a los suyos —y a los otros, especialmente a los otros— por qué un alcalde del Atleti estaba tan empeñado en pavimentar la alfombra roja del Bernabéu.


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