AYUSO ES PURA CHUSMA ARRABALERA
Ahí tienen, por ejemplo, a Isabel Díaz Ayuso hablando de las mierdas en la Asamblea de Madrid para referirse a unos pobres ancianos –porque esa era la cosa, diga ella y sus voceros lo que les pete– que murieron ahogados en sus camas porque a la Comunidad que ella preside no les dio la gana enviarlos a un hospital. ¿Dónde ha aprendido la señorita del pan pringado, conocida como la reina del vermú, a comportarse en público y en sitio respetable, no la tasca de la esquina, como una montaraz rabanera? ¿Quizá de su hermano, el del pelotazo de las mascarillas, o de ese ejemplar de sujeto malencarado que es su mentor y jefe de gabinete, el malhadado MAR –os vamos a machacar–, quizá de su admirada madrina Esperanza Aguirre, la aristócrata desahogada, o podría ser, también, que esos modos y maneras se le hayan contagiado del señor con el que convive en un hermoso piso de Chamberí, un tipo que se inventa empresas fantasma para defraudar a Hacienda? Da igual el docente, que aquí nos quedamos con la discente, que arrabalera, desprecia con invectivas a todo lo que se oponga a su tiránica compostura. Hoy han sido las mierdas, pero acostumbrados estamos a sus desplantes habituales, que sus acólitos aplauden como graciosas chulerías y que no son más que cochinadas de jovenzuela malcriada. ¿Castiza? Quiá: faltona insolente.
Pero claro, tiene en su partido a numerosos maestros en el arte de la chocarrería, todos ellos amparados por aquel señor que vino de Galicia con aires de mosquita muerta y gestos de manso frailón. No salgamos del género femenino y admiremos el cuajo en el insulto y la maledicencia de Cuca Gamarra, toda una señora en sus tiempos de alcaldesa de Logroño, o de Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, XV marquesa de Casa Fuerte, guantes blancos llevaba el servicio en su rica casa. Podríamos seguir en esta línea, que al Ojo no le gusta que le tachen de menospreciar a las señoras. En absoluto. Ahí tienen esos grandes ejemplos en la élite política.
Decimos de maestros. ¿Qué opinión les merece el señor don Miguel Tellado, tan lucido en su papel de gamberro institucional, a mí las Cortes no me impresionan y me paseo por ellas como por la barra del bar, palillo entre los dientes, huesos de aceituna y restos de gallinejas en el sucio suelo? Es otro que gusta de las mierdas, ya se lo dijo así a la vicepresidenta Yolanda Díaz, porque les atrae, como a las moscas, ese lenguaje escatológico. No es nuevo en la derecha, esa mirada por encima del hombro y el desprecio a los semejantes a los que se trata como meros sirvientes, tal que la señora marquesa o el señorito Iván de Los Santos Inocentes.
Trabajan desde la impunidad de su estatus de privilegio –las derechas siempre hemos sido superiores– y no les importa insultar como gañanes al presidente del Gobierno, a las vicepresidentas, a los ministros, al fiscal general o a la madre que les parió. Todo vale. Y la mancha de la zafiedad, tan enseñoreada desde arriba, se extiende como vertido de petróleo en las costas gallegas, ese Prestige me lo llevan fuera de mi vista. Si papá habla mal en el comedor, qué no harán los pipiolos. Y si a estas expresiones tabernarias se le añaden los salvajes comentaristas de los digitales infames, o incluso de los muy serios periódicos de la más rancia derecha, como en este diario hemos podido leer domingo a domingo en el Catavenenos, ¿qué nos queda por hacer?
QUEDA CLARO SON CHUSMA

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