CONVERSACIONES ENTRE HIJOS DE GALLEGOS
Le cuento que su padre, mi bisabuelo, pudo ser un mena de la diáspora migratoria de la que habla su libro, El país invisible. Viajó a La Habana en la cubierta del buque. Dormía debajo del mostrador en el local que atendía… Y, al volver, montó una ferretería…
En un primer momento, desde el XVIII, eran pura mano de obra, fuerza de trabajo bruta. Un ingeniero del canal de Panamá acuñó para ellos una expresión inenarrable: "no negros". Mulas de carga que no sabían encuadrar por cómo se acoplaban y adaptaban a las circunstancias. También construyeron los ferrocarriles de Cuba y los amazónicos. Y de ahí pasamos, efectivamente, a la venta ambulante.
Si paráramos el tiempo en los años 40, no hace ni un siglo, nos preguntaríamos: ¿quiénes son estos tipos que, en efecto, hacían venta ambulante como muchos africanos hoy? Se "establecieron", como decían, montando un negocio propio. Y casi diría que se emancipaban de redes de semiesclavitud familiar. No tiene que doler el admitirlo. Lo vemos, incluso aún ahora, en la Galicia interior. Se tira del sobrino o los hijos en un negocio hasta que se emancipan. Emigrados, aplicaron la misma receta.
Esa dureza crea individuos que se miran con resquemor. Pero terminan abriendo nuevos nichos de negocio juntos. Nos definimos, primero, por encontrar espacios y oportunidades, digamos, precapitalistas. Daban muchísimo dinero en los márgenes del crecimiento de las grandes ciudades americanas. Y, en segundo lugar, no le hacíamos ascos a nada.
Podía tratarse, primero, de unos baños públicos en los grandes barrios que surgían cada año, por ejemplo, en México DF. No había aseos en las casas. Y esos baños, lugares de privacidad, podían evolucionar en habitaciones particulares. Se trata de rentabilizar la rotación de inquilinos y parejas en los moteles, un sector con mucha presencia gallega en todo el continente.
Tampoco hacen ascos a lucrarse en los márgenes de la legalidad, que es algo que se reprocha a los nuevos migrantes.
Salvo algunas excepciones documentadas, presentes en el libro, los gallegos no formaron redes de proxenetismo. Más bien, actúan en los márgenes de la prostitución. En los 50 se hacen fuertes en los locales nocturnos, discotecas o night-clubs que nutren luego los moteles y las pensiones.
Otra vía distintiva de negocio consistía en vender por las calles retratos de santos, espejos y fotografías…. Lo que fuese. Cuando se "establecían" en una esquina, la quintaesencia del urbanismo gallego en América, montan su negocio y duermen en la trastienda. Después, levantan un piso. Ahí se hacen fuertes. Gasto, prácticamente cero. Y un ahorro del 100%. Y de ahí para adelante. Si todo va bien, hasta el retorno. Este es un patrón muy generalizado.
Doy los nombres y apellidos de quienes consiguen, allá por 1972, hacer migas con Torrijos y, después, con Noriega y los militares. Consiguen en Panamá que se le legisle el llamado descuento directo. El sumun de cómo buscarse las habas y estabilizar un negocio duradero. Consiste en que el trabajador descuenta de su nómina los bienes que compra a plazos a los gallegos. Y, con el tiempo, a otros colectivos.
Trazando paralelismos entre la emigración gallega y la actual, tiremos de otro hilo que vincula la esclavitud y las migraciones; en el fondo, hablamos de fuerza de trabajo, de seres humanos sobreexplotados en régimen alegal o de ilegalidad.
Confieso que me hubiera colmado como investigador encontrar que había redes de trata y una mafia gallega. Es cierto que en Latinoamérica no hay mafias étnicas porque parte del crimen casi siempre estuvo regulado por la Policía. La extorsión la ejercían muchas veces los de uniforme. No hay una mafia gallega como tal, aunque en Brasil se llame así a los empresarios gallegos de cierta época.
Lo que pasaron los gallegos a lo largo de 120 años, lo querido y lo no querido, entronca con las nuevas diásporas. No cabe ninguna duda. La lección que realmente dan los gallegos reside en recordar cómo nos vieron en los países de destino. Y en compararlo con cómo vemos ahora a quien recibimos. La conclusión es obvia. No hagamos ahora lo que nos hicieron en otra época.
La complejidad política gallega es muy alta. Ya lo dijimos. Y no resiste los simplismos. Los réditos electorales pesan mucho en este tema. Deberíamos gestionar la emigración a la luz de cómo se nos trató. Nos jugamos el todo por el todo en los próximos diez o quince años. Según se desarrollen las segundas generaciones, sabremos si la integración es a la francesa, la sueca o la portuguesa.
¿Cuántos de los reproches que ahora se hacen a los migrantes los sufrieron antes nuestros compatriotas? Les acusamos de no querer integrarse… El supremacismo que nos aplicaron lo ejercemos ahora nosotros, ¿no?
Más allá de los grados de mezquindad, todo político modula e instrumentaliza su discurso según el tracking electoral dicte si conviene acercarse a la extrema derecha o centrar el discurso migratorio. Pero entre nosotros este tacticismo chirría. Siendo gallegos sabemos que no siempre llegábamos, como a veces lees en redes, con permiso de trabajo. Para nada. Representamos un caso casi único. Más de un siglo enviando carne humana joven sin descanso. Pasan los regímenes políticos y venga, seguimos. Primero aquí, luego allá. Multitud de destinos y varias oleadas.
He recogido testimonios directos de supervivientes y descendientes, de distintos países y épocas, que dicen sin rubor: "Mi padre llegó de polizón". Y como él, otros muchos "saltaron del barco". Como todo inmigrante, terminaban regularizándose como podían. Sin visado ni nada. El gentilicio de "gallego" reúne infinidad de acepciones discriminatorias. Tiene que ver con que los emigrantes se mezclaron con la población local según el lugar. No era igual la Cuba provincia de ultramar cuando empezamos a emigrar que, pongamos, un sitio tan significado racialmente como Salvador de Bahía. Ahí tardaron muchísimo en mezclarse. En cambio, en Argentina o Uruguay funciona el melting pot (la olla del mestizaje) del Río de la Plata. Pero en sitios como México resultó (y sigue siendo) más endogámico. Respondía a una oleada diferente: micro migraciones de un par de comarcas muy concretas. Así que los centros gallegos que citábamos antes funcionaban, sin quererlo, casi como ciudadelas.
Vería las escuelas, las "sociedades de instrucción" que salpican este concello. O las sociedades agrarias que explican por qué partieron sus familiares, escapando de los foros y, de paso, desmantelándolos. Que busquen en el monte la finca del bisabuelo y que pensaban que era un latifundio. Pero pudo subarrendar ese minúsculo trozo de tierra para viajar. O que vean las casas de los indianos, con palmera y torre, que recuerdan de dónde salieron aquellas fortunas.
Un ejemplo mucho más reciente y casi frívolo. El ron más famoso de Panamá se llama Abuelo. Se debe a un tal Juan Carlos Varela que partió de Bergondo (municipio coruñés) y que fue el abuelo del antepenúltimo presidente del país. Y otro caso, muy instructivo y menos trivial. Recuerdo reconocer un apellido inequívocamente gallego entre los famosos Proud Boys de Norteamérica. Aquel trumpista seguramente tenía origen cubano. Si supiera de dónde viene, a lo mejor no asaltaba el Capitolio. ¿Quién sabe? Esto es una cuestión de conocimiento. El Consello da Cultura Galega mantiene el Archivo de la migración. Pero cabe hacer más. Si requiriese un emplazamiento físico podrían ser los puertos de A Coruña y Vigo. Representaría algo muy elemental y gráfico: de allí salieron millones de personas.
E entrarán outros tantos… Que así sexa, meu. Marchamos que temos que marchar. (Y entrarán otros tantos… Que así sea, bro. Vámonos, que tenemos que irnos). Y acompañé a Arturo a firmar libros en un stand pegado a la ría, el de la ínclita librería Númax.
No hay comentarios:
Publicar un comentario